Casablanca, una finca agrícola y el núcleo cultural de la ciudad

La información sobre el Barrio de Casablanca nos la facilitan: Mª Carmen Checa, la presidenta de la Asociación de Vecinos, que nació en los Tiradores Altos pero lleva viviendo en el barrio de Casablanca 40 años; Antonio Cantero, uno de los vecinos del barrio, que tiene 85 años; y contamos también con el relato de Santiago, de 75 años, con quien ha charlado previamente Mª Carmen.

Lo primero que dice Antonio, nada más sentarnos, es que el barrio de hoy en día no se parece en nada al que conoció él de niño, aquél de casas de una planta. Recuerda perfectamente la antigua casa, la Casona de Casablanca la finca agrícola y ganadera cuyo origen se remonta al s. XVII, porque, aunque vivía un poco más lejos, venía a jugar con los otros niños del barrio. Es autor de una preciosa maqueta que la reproduce fielmente.Antonio

También recuerda que había una calle cortada, a la altura de lo que hoy es Diego Jiménez, donde vivían los vecinos, recuerda una puerta grande, con una fuente en la parte interior (una especie de patio) y que incluso había una cueva debajo.

El origen de la casa posiblemente se remonte al s. XIII, en plena época medieval. Hay constancia de un “extraordinario caserón señorial”, una casa feudal conocida como casa de “doña Pepita”. En el s. XVII sí está documentada la casa, que tiene dependencias adaptadas como viviendas, además de dependencias agrícolas y ganaderas, propias de las casas de labor españolas. Los límites de los terrenos pertenecientes a la finca se extendían desde el Río Júcar hasta lo que hoy conocemos como Villa Román.

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Patio de Casablanca. Foto de 1870 aproximadamente. Foto tomada del libro “Casablanca. Historia de un barrio”

Para esta parte de la historia del barrio, Mari Carmen nos remite al librito editado en 1997 por la Asociación de Vecinos, escrito por Víctor de la Vega Almargro (Vitejo) y prologado por Carlos de la Rica, Casablanca historia de un barrio de Cuenca. Según Vitejo, sabemos que en 1768, Casablanca estaba en manos de Francisco Gregorio Cerdán y Félix de Ribas, herederos del clérigo D. José Ramírez de Mesas. Durante el S. XIX se incorporan a la finca varias propiedades anejas a esta, con lo que llega a tener 200 hectáreas y se convierte en la tercera propiedad más rica de la ciudad.

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Casablanca. Faenas agrícolas. Foto de 1870 aproximadamente. Foto tomada del libro “Casablanca. Historia de un barrio”

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Pedro Olivares (IV): Organismos oficiales, enseñanza.

Viene de:  “3ª parte

Los servicios oficiales y alguno de los necesarios para el gobierno de la ciudad, estaban al otro lado del puente sobre el Júcar, como podían ser. Organismos Oficiales, o Municipales, Centros de estudios superiores, Mercado, Guardia Civil, Cines, grandes tiendas, líneas de autobuses, ferrocarril y otros.

Al otro lado del puente, junto a la plaza de la Trinidad estaba el Instituto de Enseñanza Media Alfonso VIII. Era un edificio bastante destartalado. Luego se reformó y se habilitó para otros usos. Creo recordar que lo usaba Acción Católica. Asistíamos a las clases, sin casi material escolar. El gimnasio inútil, se usaba como water ya que tampoco estos funcionaban, y por una puerta de salida a las huertas del Huécar, que estaba también en desuso, solíamos salir a coger alguna cosa de la huerta, y sobre todo de una higuera, que no sé si le dejamos algo al dueño, que luego cortó, y le cantábamos: “la higuera se secó/ y no madura el fruto/ por eso se ha secado/la fuente del Instituto”. Habían puesto una fuente pública frente a la puerta principal del Instituto que aún está y a la que salíamos a beber agua, ya que en el centro escolar no lo había; y finalmente también cortaron el agua a esta fuente. Se estaba construyendo un edificio nuevo en el barrio de Los Moralejos, junto a la explanada de Sánchez Vera, donde ya estaba construida la Escuela Normal del Magisterio desde antes de la Guerra Civil. En cuanto a mi persona, diré que en el año 44 hice el ingreso en él, y allí estudie los dos años que funcionó, cursos 1944/45, 1945/46. Como consecuencia, hice el primero y segundo curso de bachiller en este Instituto, considerándome agraciado, ya que del barrio de San Antón, no recuerdo que estudiara nadie más. Concretamente, mis dos hermanos, estaban aprendiendo en un taller de zapatería y en otro de electricidad. Otra señal de la pobreza del barrio, ya que en cuando acababan la escuela obligatoria, que entonces era de 6 a 12 años, los padres y los hijos, estaban deseando llegar a esta meta; porque ya les cogían de pinches en una obra, o de aprendices en un taller, y ganar unas exiguas cantidades; pero que ayudaban un poco a las débiles economías de las gentes del barrio.

Al curso 1946/47, que empezaba en Septiembre de 1946, se inauguró el nuevo Instituto, y allí se continuó los estudios en 3° curso de Bachillerato. En el mismo año, los padres habían comprado un piso en la plaza de Los Moralejos, coincidió el traslado del Instituto, con el traslado del domicilio familiar. De esta manera había tenido el domicilio al lado de los centros de estudios; primero con el Instituto y después con la Escuela del Magisterio, también al lado del nuevo Instituto. La Escuela del Magisterio se construyo durante la República, pero en lugar de entrenarla para tal, se dedicó a hospital de las víctimas de la guerra. Después se le hizo la reparación de los daños causado por su inusual dedicación, y entró en servicio como tal antes que yo ingresara en ella en el año 1948. A partir de 1947, yo ya residía fuera del barrio de San Antón, y no lo conocía más que de visita esporádica. Y a partir de 1953, marche de Cuenca a desarrollar mi actividad como Maestro Nacional en pueblos de la provincia y más tarde en otras provincias, y ya solo venía a Cuenca de visita en contadas ocasiones para la semana Santa, perdiendo contactos y conocimientos, tanto del barrio donde nací, como del resto de la ciudad. Teniendo en cuenta que también los padres se volvieron a vivir a su pueblo de origen al casarnos los hijos y quedarse solos en la ciudad. Luego nuestros viajes eran al pueblo, y a la ciudad no veníamos más que de tarde en tarde, normalmente en Semana Santa y pocos años. Aunque puedo decir, que en lo poco que he visto en visitas posteriores, he observado el notable cambio de calles y caserío del barrio, como del resto de la ciudad.

Fotos de Pedro Olivares

Pedro Olivares (III): Tiempo libre, fiestas, juegos en los años 40

Continuación de la carta (viene de “2ª parte“)

“Tampoco había agua corriente en la mayoría de las casas del barrio. Había tres fuentes públicas: dos en la carretera y una que era la más visitada, la denominada “Fuente del Tío Hilario” por estar a la puerta de este señor y que al urbanizar la calle y hacer acometidas del agua a las casas, la quitaron. Allí iba medio barrio a por el agua. En el verano había escasez y solo daban el agua dos o tres horas diarias. Y allí formaban cola los diversos cacharros y vasijas para cuando llegaba el agua, ir llenándolos y volver a por otro viaje, si daba tiempo a ello. Era poca el agua que se usaba: mínimo para lavarse la cara, beber y cocinar, y si había consumos extraordinarios se iba al río, en una zona que había manantial directo al Júcar, llamado “La Fuentecillas” que además salía un poco atemperada que servía para lavadero de la ropa durante todo el año y en el verano se convertía en zona de baño público.

Las fiestas, solían ser pocas: los domingos para todos (solo los domingos). Vacaciones, había pocos sectores que las tuvieran reconocidas. Y como fiestas oficiales podemos destacar dos: La Virgen de la Luz (1 de Junio) que se limitaba a ser fiesta sin actos que destacar. Y San Antón (Sanantón), (17 de Enero), que ese si que era fiesta para todos los habitantes del barrio y los que quisieran agregarse del resto de la ciudad. Por la mañana, misa y bendición de los animales. Reparto en la Iglesia de los panecillos del santo y concierto de la Banda de Música Municipal. Por la tarde, seguía la Ermita abierta, para orar al santo y seguir recogiendo los panecillos. Por la noche verbena popular en la calle a la puerta de la Ermita y con bastante afluencia, aunque hiciera frió.

Por supuesto, las Ferias y Fiestas de San Julián, que lo eran para toda la ciudad y que entonces se celebraban del 4 al 9 de septiembre, en la explanada de Sánchez Vera, después estas fiestas se adelantaron a finales de agosto, que resultaba tiempo más turístico y facilitaba la asistencia de propios y extraños. Para la entrada simbólica al recinto ferial, se construía una puerta con tres arcos luminosos, que por cierto, un año por la llegada de una tormenta y fuerte viento, cayó entero al suelo y mató a una niña. Estas fiestas debían ser el día de San Julián, 28 de enero; pero por ser tiempo muy frío desde tiempo inmemorial se venían celebrando en el verano. Relativo a este frío, hay un refrán que dice: “San Julián de enero, que se hiela el agua en el puchero”.

Ahora vamos a hablar de los entretenimientos de los niños en el ambiente de pobreza del barrio. No teníamos algunos juguetes que tenían otros niños de calles y barrios de otros ambientes; pero nosotros teníamos tiempo libre y éramos los dueños de la calle para nuestra esparcimiento.

A la escuela no se iba hasta los seis años cumplidos, en las casas no había ni televisión, ni música; a lo sumo una radio, que por entonces aún no había emisora en Cuenca y no se oía más que Radio Nacional de España, Radio Madrid, Radio Intercontinental, Radio Andorra y los más politizados, la “Pirenaica”, Como las casas eran bastante pequeñas, había que estar en algún sitio, y sobre todo los niños casi todos “a la calle”. Por ello, siempre había niños pequeños en la calle.

Los juegos, eran un buen entretenimiento y exento de gastos. Jugábamos al “escondite” intentarnos encontrar en los escondites; al “hinque” con un clavo y quitándonos la parte de suelo que habíamos macado para cada uno; al “cuadro”, donde poníamos cartones recortados de las cajas de cerillas, y a intentar sacarlos con golpes de una tejo; a bailar la peonza; a los alfileres, tratando en el suelo de remontar el alfiler de contrario, para ganárselo; a los botones, presionando sobre nuestro botón, para sacar el del contrario de una espacio limitado, para quedárnoslos; carreras, para tratar de llegar el primero a un destino prefijado; y algunos más.

En Semana Santa había un juego más complicado de preparar: Con una caja o tablas y dos palos hacer unas andas, poniendo algo encima como santo e imitar una procesión, que llevaban al hombro entre cuatro, acompañada de una lata y un palo, como acompañamiento de música de tambor. Y los que eran más pudientes se compraban una carraca o sacaban la del año anterior, que habían conservado, y acompañaban haciéndola sonar.

En Navidad, también había un juego especial: tocar la zambomba. Para ello se valían de la vejiga de la orina, de la matanza del cerdo, o de la piel de un conejo, de un bote y un palo, y encerándola y templada, se hacía la zambomba, que acompañada de un triángulo metálico, la botella cuarteada de anís y algún instrumento más, se producía la música propia de la Navidad, para divertirse o ir a pedir el aguinaldo a los amigos y vecinos. En cuanto a deportes, no existían estas actividades, y menos en este barrio.

A nivel libre y con alguna pelota que fabricábamos con trapos, se podía hacer un seudo-fútbol. Únicamente en los centros de enseñanza, se practicaba un poco la gimnasia educativa. Las personas mayores se empezaba a jugar al fútbol y algún otro deporte en el campo de deportes de la Fuensanta. Ya se empezaba a gestar la “Unión Balompédica Conquense”.

 Los juguetes de los niños, en este barrio, casi no existían. Alguno solía tener una pelota hecha de trapo, un carro con una caja y una cuerda o un aro que con una horquilla corría por la carretera, en la cuesta de la Fuensanta, pero a veces ocurría que al ser cuesta abajo, corría más, y en más de una ocasión, se embalaba, corría más que el niño y se precipitaba al Jucar ¡¡¡ y… pérdida y desilusión” !!!. Los aros nos los regalaba, si había amistad, una abarquero que había cerca de la Calle del Agua, que deshacía las cubiertas de los coches ya gastadas por el rodaje en el vehículo, para hacer abarcas y le quedaba libre el aro. Alguno tenía una peonza, o un caballo de madera, una cuerda para saltar a la comba, o cualquier otro objeto, que la escasez avivaba ingenio y se usaban las cosas más inverosímiles como herramienta de divertimento.

Otra diversión podía ser ir al cine; pero de tarde en tarde, por su costo. Que además era más caro porque no había competencia. Primero abrió el cine Alegría, mas tarde el Teatro y Cine Xucar. En el verano era más fácil, ya que abrían cines al aire libre con butacas de mimbre y a veces bancos corridos. Empezó el Cine Garcés, otro de la empresa del Alegría, finalmente Las Palmeras, que funcionaba como cine al aire libre y como verbena para baile.

En el verano, la Banda Municipal, con su director el Maestro Calleja, daba conciertos los días festivos al mediodía en el parque de San Julián y allí podíamos ir todos. La propina o paga semanal de los padres para los hijos que después se fue extendiendo, en aquella época y por circunstancias económicas, era casi inexistente. A lo sumo nos daban unas escasas monedas que nos gastábamos por nuestra cuenta. En algunos días festivos, nos daban 20, 30, 40 céntimos o algo más. Que nos gastábamos en dulces o parecido. Recuerdo que alguna vez íbamos a la tienda de “kakito” al otro lado del puente y nos comparábamos un cucurucho de harina de algarrobas. O a una tienda que había en la Plaza de la Trinidad, que vendía unos caramelos a 10 céntimos, que en la envoltura traían una letra interior, y que si juntabas las necesarias para formar la frase “caramelos del enano”, te regalan una bicicleta. La realidad es que nunca conocimos un premiado, ya que había una letra “r”, que nunca salía.

Los padres, se permitían, algunos, ir a echar la partida a la taberna “La Parrala” los festivos o un vaso de vino a la salida del trabajo, ya que en casa la mayoría no conocían el vino. Y de forma familiar, padres e hijos, algunas veces, en el buen tiempo, íbamos a merendar y a ver jugar a los bolos, en el Recreo Peral.

Otras diversiones, aunque mas ofensivas para las personas eran las siguientes: En el barrio de “La Guindalera” situado al pie del Jucar, más abajo, solían vivir gentes aún más pobres que los de San Antón: Alli vivía el apodado “Forragaitas” en unión de una mujer llamada Gabina. También vivía otro Llamado Julián. Para ir a su barrio tenían que pasar por la carretera y debajo del muro de la calle de San Lázaro. En cuanto les veían venir por el puente, los chicos libres al muro, y desde allí a Forragaitas, le cantábamos: “Forragaitas, forragaitas / ya te lo decía yo / que casarte con la Gabina / iba a ser tu perdición”; este al oírlo se enfadaba mucho y además de decirnos mil insultos, daba la vuelta a la calle y venía a cogernos, cosa que nunca lograba. Julián era un hombre bastante tullido y a veces un poco beodo, con dificultad para mantener el equilibrio para andar, y con nuestra maldad, le cantábamos: “Julián, Julián / que te ladeas”, y esto repetido varias veces, este se enfadaba un poco, y nos decía algún insulto; pero era más tolerante.

Existia una camioneta, con las ruedas macizas, transmisión con una cadena bastante gruesa desde el motor al eje trasero y con toldo y unos bancos de asiento dentro; en ella iban todos los días los que trabajaban en los talleres de Obras Públicas, que estaba a unos dos Km. por la carretera de Madrid; eran los únicos trabajadores que no iban andando a su trabajo; como la cadena de transmisión hacía mucho ruido, en cuanto la oíamos, todos al muro para desde allí decir: “Ya viene la camioneta de los gandules”, y gritar: “gandules / gandules/ gandules……”

Pedro Olivares (II): Años cuarenta, comida, trabajo, comercio, viviendas…

Continuamos con la carta de Pedro Olivares, para ver la primera parte, pinchar aquí  “Pedro Olivares: niñez en San Antón”

“En esta década los recuerdos ya son mayores y más próximos a realidad, destacando:

Lugares públicos: La Ermita de la Virgen de la Luz, con D. Amadeo de sacerdote; las escuelas, con D. Maximino de maestro; la tienda de comestibles de Sr. Gregorio y después su sobrino Herminio; la tienda de Primitivo, la peluquería/barbería,  la carpintería del apodado “El Chiripa”; la taberna de “Danzas” que después cerró y abrió “Realete”; la panadería de Francisco, también en la calle San Lázaro y que luego se trasladó a la bajada del Hospital a la Plaza de Cánovas;  allí Íbamos a por el pan de la ración, con una cartilla que entregaba Abastos, con unos cupones que se cortaban y te daban unas barritas individuales de 150 gramos de pan integral; porque era obligatorio comer el pan integral, para aprovechar el grano de trigo entero (harina y salvados); también había la facilidad de pedir una libretas de 450 gramos de pan integral, que eran por cada tres cupones personales.. Este panadero, como todos ios de la época, te vendía como estraperlo, o sea clandestinamente, pan blanco y a precio mucho más caro.

La vaquería del Sr. Paco, que cuidaba en estabulación y sacaba las vacas dos veces al día a pasear, por la calle de San Lázaro hasta la fuente de abajo de la carretera y volver. Había otra vaquería en el barranco situado al oeste del barrio, a la que los chicos Íbamos a veces   para ver ordeñar a las vacas, que entonces se hacía manualmente. Y otra vaquería en una de las casas de la carretera para ir al Recreo Peral. Los dueños de las vaquerías, despachaban leche en la propia vaquería, y el resto con una cántara y la correspondiente medida, la repartían en los domicilios que ya tenían como clientes en el resto de la ciudad. También había un rebaño de cabras que cuidaba el marido de la Señora Feliciana y que sacaba todos los días a pastar por los montes y campos cercanos al barrio; esta leche, la vendía en el domicilio y con el resto hacía queso que luego también vendía.

La alfarería de Pedro Mercedes arriba al lado de nuestra casa, a donde iba yo a menudo a verle trabajar la arcilla obteniendo las diversas vasijas (botijos, pucheros, jarras, el celebre Churrito o Torito símbolos de Cuenca, y otras múltiples figuras).Todas estas piezas luego cocía en el horno que alimentaba con leña del recorte de los pinos en las serrerías. Había otra alfarería mas abajo junto al río.

Las casas del barrio, en su mayoría eran pequeñas y habilitadas para vivienda de las personas y cohabitando en algunos casos con los animales domésticos de utilidad alimenticia, con gentes de tipo rural y muy humildes. Algunos procedentes de la emigración de pueblos; en algunas casas tenían gallinas, o cerdos criados para el consumo, alimentados con las hierbas y cardos que se iban a buscar al campo, después de cocidas y envolver con salvados. Y para que se lo comieran mas apetitosamente, se les ponía unos polvos comprados y que se llamaban “polvos pinos”.  Este medicamento servia para una expresión de chiste que era, cuando un niño estaba gordo, se decía que le habían dado polvos pinos como a los cerdos; y si estaba muy delgado, por el hambre que casi mayoritariamente se pasaba, se decía “habrá que darle polvos pinos”.

Concretamente en nuestra casa que era de planta baja y dos pisos, habia una habitación en la planta baja habilitada como cuadra, para albergar una mula, que mi padre usaba para tirar de un carro con el que llevaba y traía las mercancías del comercio ambulante. Y en otra habitación de la planta baja, estaba destinada a taller de “zapatero remendón” donde mis dos hermanos, algo mayores que yo, intentaban aprender y ejecutar arreglando zapatos y construyendo sandalias y abarcas, que luego abandonaron por otras actividades.

En este comercio, no se podía operar con los productos que estaban racionados y perseguidos por los agentes de la Comisaria de Abastecimientos y Transportes, como eran la harina, el pan, el aceite, el trigo, las legumbres, las patatas y otros. El comercio de estos productos prohibidos es lo que se denominaba “Estraperlo” y por ser venta ilegal,  se vendía con mayores márgenes, y era más apetecible comerciar con ellos, aunque se asumieran mayores riesgos. Estos productos, si lo detectaban los Inspectores de Abastos, eran decomisados y multados. Otro de los productos que estaba racionado era el tabaco; a los mayores de 18 años les daban una tarjeta con la que podían retirar de los estancos la ración para el mes, que solía ser tabaco a granel en paquetes: selecto, llamado pastilla, solía pesar 125 gramos, y no recuerdo el precio para fumarlo con pipa. El resto a fumar liados con los papelillos vendidos para este fin – que todavía los hay en el mercado – el llamado cuarterón que pesaba 50 gramos y costaba 1,85 Ptas. Y la cajetilla, que era de 25 gramos y costaba 1 pta. Hasta que se liberó el mercado, también se vendía tabaco Canario (moreno) o Americano (rubio), como estraperlo y a precio elevado. A partir de los 50, ya se liberó el mercado, y salieron los liados: “Ideales” normales, otro ideal denominado “Caldo de Gallina”, “Diana”, “Peninsulares”, “Ducados” y otros.  Los estancos vendían solo paquetes enteros, y con la entrega del correspondiente cupón de la ración; pero estaba el mercado libre del  estraperlo con las denominadas “cigarreras” y algún varón, que los vendían sueltos.

Este barrio y en esta época, estaba formado por familias de clase media o baja; algunas familias, aprovechando que las casas en venta o por alquiler eran baratas. Otros huyendo de la pobreza de los pueblos para ver si mejoraban encontrando un trabajo en la ciudad. Mis padres pagaban por el alquiler de la casa que ocupábamos, 28 pesetas al mes. Las gentes,  predominantemente  hombres,  trabajaban  algunos   en  comercios,  talleres, servicios municipales. También trabajaban en la construcción de casas y calles, ya que empezaba la  expansión  de  la  ciudad,  en  la parte  baja  de  la población  y  las correspondientes  calles,  y  arreglo  de  las  viejas,  algunos  en  la RENFE. Pero, principalmente en las serrerías de maderas, que eran numerosas en la carretera de salida de la ciudad a Valencia, que era la parte opuesta de la población. Y a donde se desplazaban casi siempre, llevando una carretilla con la que a la vuelta traían un saco o dos del serrín de pino del aserradero, que luego vendían a otros vecinos, que con un pequeño margen entre la compra y la venta, completaban el jornal exiguo que obtenían por su trabajo. Este serrín era utilizado para encandilar las cocinas y alguna estufa más, para el calor   del invierno, ya que la calefacción era totalmente desconocida en este barrio. Algunas familias, si podían, iban ellas mismas a por el serrín, o a la Dehesa de Santiago a por leña al hombro o con una carretilla, si disponían de ella. Y también había algunos que valiéndose de “un artilugio” (un tablero con tres ruedas, dos atrás fijas y una delantera giratoria), llamado carro de cojinetes, iban al pinar de Jábaga o de Embid y cargaban pinas o cándalos de los pinos, que luego vendían para llegar una ayuda al presupuesto familiar o para el consumo propio.

En la calle de San Lázaro, también vivía el Sr. Paulino que con uno de sus dos hijos y valiéndose de un carro valiéndose con un macho al que denominaba “veneno”  traía maderas de recortes y serrín o carbón para repartir por otras zonas de la ciudad, como combustible de cocinas o calefacción, en las pocas casas que la tenían.”

Pedro Olivares: niñez en San Antón (1933-1947)

Pedro Olivares nos ha mandado por escrito un resumen muy detallado de su vida desde que nació en el barrio de San Antón, en 1933,  hasta que se mudó en 1947. Vamos a dividir su testimonio en varios apartados, comenzando por los años treinta.

“Teniendo en cuenta que mi relación con el barrio duró desde mi nacimiento (1933), hasta mi traslado a otro barrio de la ciudad (1947), trataré de plasmar mis recuerdos de este periodo, que está bien diferenciado, por mi niñez y el cambio político del pais. (Los textos que desarrollo a continuación, por tratarse todos ellos de recuerdos  sin documentar,  pueden contener algunos  errores)

Años treinta. Yo nací el año treinta y tres, y viví algún tiempo en la calle de Belén, por lo que mis recuerdos son bastante reducidos; sí me acuerdo, que en los años de la guerra civil, los aviones venían a bombardear la ciudad – que nunca creo lo hicieron – daban una vuelta por encima de la ciudad y se iban; pero sonaba sirena de la alarma, que se oía en toda la ciudad, ya que estaba instalada en la Torre de Mangana, y todos a correr camino de los refugios. Recuerdo de ir corriendo de la mano de mi madre, a uno que estaba pegando a nuestro domicilio en la alfarería de Pedro. También había otros refugios, creo que el mas importante era el que estaba debajo del monte de los Pinillos, llamado también Cerro de los Moralejos que tenía varias entradas: por las escaleras del Hospital, por la plaza de Cánovas y por la calle Sánchez Vera. Este debió de desaparecer parcial o totalmente al desmontar el monte de los Pinillos o Moralejos.

También recuerdo que el día que entró en Cuenca el denominado Ejército Nacional, con la terminación de la guerra, creo fue el día 29 de marzo de 1939, pasaban los camiones del ejército con soldados y sacas de harina, diciendo que era para no pasar más hambre en la ciudad, ya que no dejaban de pasar camiones; pero no eran más que cinco o seis, que dando vuelta por plaza de la Trinidad, Calderón de la Barca, Carretería, Cervantes, Ventilla, glorieta de Cuatro Caminos y calle de Colón, llegaban al Puente y seguían otra vez por la misma ruta anterior, y así varias veces.

Mas tarde pasé a vivir a la calle de San Lázaro, frente al muro que separaba el desnivel de la calle respecto a la carretera, oyendo los pocos vehículos a motor de aquella época que pasaban por la carretera, y disfrutar de la visión del paisaje que se dominaba desde alli, sobre la carretera a Madrid, el río Jucar, el Puente, el molino de Santiago, el matadero y la isla que formaba el río y el cauce de salida del agua del molino otra vez al cauce del río. Tengo un recuerdo muy triste, de que nos decían, que algunos días a las seis de la mañana, se oía un camión, que llamaba la atención porque circulaban muy pocos porque no los había, y a esa hora solo pasaba ese y que llevaba a presos de la cárcel situada en el Seminario, que eran condenados a muerte y los llevaban a fusilar a las tapias del Cementerio de Santiago. También recuerdo haber ido alguna vez al cine, que se denominaba “Cervantes” y estaba junto al parque de San Julián. Parece que quiero recordar que la entrada costaba treinta céntimos de peseta. A los niños que iban acompañados de sus padres, al entrar al cine, les regalaban un cucurucho de cacahuetes. Este edificio, actualmente creo está ocupado por las organizaciones sindicales, ya que antes de la guerra civil debía ser propiedad de la C.N.T, y de la U.G.T., y el Gobierno de Franco, lo encautó al declarar ilegales estas organizaciones.

En la casa de enfrente, a la que yo nací, vivía una familia con la que mis padres tenían mucha amistad, y que cuidaban de mi y de mis dos hermanos, mientras ellos no estaban en el domicilio. Solo recuerdo el nombre de la madre (Sa Feliciana), de la cual guardábamos un grato recuerdo y a la cual visitábamos de vez en cuando, aunque nos habíamos cambiado a la calle de San Lázaro, o a otras localidades”.

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Elena Castillejo, toda una vida en “Las 500”

Elena nació en el barrio, allí ha vivido siempre y ahora es la presidenta de la Asociación de Vecinos de “Las Quinentas” (oficialmente Poblado Obispo Laplana).

La fecha de creación del barrio fue el 16 de noviembre de 1960. En esa fecha se dieron las primeras llaves de las casas y en ese momento ya estaban construidas las 500 casas que dan nombre al barrio. Anteriormente en ese terreno sólo había huertas. Elena resume el proceso explicando que se convocó un concurso, lo ganó un arquitecto y empezaron a construir. Pero en seguida nos remite a un libro, que nos trae para que tengamos un ejemplar en la biblioteca, editado con motivo la exposición conmemorativa de su medio siglo de vida: 50 años de un barrio: “Las quinientas” (1960-2010). El libro recoge toda la documentación relativa a la planificación y construcción del barrio así como el acto de inauguración, la entrega de llaves, e incluso reproducción de documentos como recibos del pago de las cuotas y contratos de arrendamiento con “promesa de venta”. Además de un montón de fotografías que se utilizaron para la exposición y que nos da permiso para escanear y publicar en esta Web. Sigue leyendo

San Antón según Prado y José Luis: orígenes y evolución del barrio

José Luis ha vivido prácticamente toda su vida en San Antón, desde que nació en el 57 en la antigua Casa Cuna (edificio que aún sigue existiendo, aunque con otra función). Aún recuerda cómo su abuela, Basilisa, subía y bajaba con un borrico por las calles estrechas para coger agua desde la fuente hasta la última casa del barrio, la suya.

El origen de San Antón es medieval. Prado, que fue una de las personas que puso en marcha la Asociación de vecinos en el año 2007, nos cuenta que en sus comienzos el barrio fue un arrabal al que llegaba gente que no se podía permitir vivir en la ciudad y se quedaba allí, desarrollando un oficio. En el barrio había Yeseros, marmolistas, cerámica, herrería de forja. Existía una separación por zonas, dependiendo del oficio que se realizase en cada una de ellas: en un lado estaban la piedra y el barro, y en el otro el hierro. Sigue leyendo